Perdonar es una de esas palabras que suenan hermosas… hasta que tienen un nombre propio. Un comentario que te humilló. Una traición que te partió la confianza. Una injusticia que todavía te arde cuando la recuerdas.
Y, si somos honestos, a veces el dolor más difícil viene de dos lugares muy cercanos: la familia… y nuestro propio corazón.
En la fe cristiana, el perdón no es un tema “suave”. Es el centro del evangelio: Dios se acerca a nosotros en Jesucristo, carga con nuestro pecado, y nos abre un camino de regreso a Él y hacia los demás.
Cuando el perdón parece imposible
Cuando alguien nos hiere, nuestro interior suele moverse por reflejo:
Queremos justicia inmediata (que “pague” por lo que hizo).
Nos vamos hacia la distancia (cerramos la puerta para no sufrir más).
O buscamos control (ganar la conversación, dejar claro quién tiene la razón).
A veces elegimos algo más silencioso, pero igual de duro: frialdad, sarcasmo, indiferencia.
Jesús no ignora lo real de la herida. Él conoce el peso de la maldad humana y del abuso de poder. Y, aun así, en el momento más injusto de la historia —clavado en una cruz— su oración es sorprendente:
“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)
Esa frase no es ingenuidad. Es el corazón de Dios asomándose en medio del horror.
Qué hace diferente el perdón de Jesús
El perdón de Jesús no nace de minimizar el mal, sino de mirar el mal de frente… y decidir que no tendrá la última palabra.
En la Biblia, el problema del ser humano no es solo “que cometemos errores”. Es que el pecado nos rompe por dentro y nos separa de Dios y de los demás. Por eso el perdón es más que “borrón y cuenta nueva”: es Dios restaurando una relación que nosotros no podíamos reparar.
“Por cuanto todos pecaron…” (Romanos 3:23)
“…siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.” (Romanos 3:24)
Y esta reconciliación es algo que Dios hace “en Cristo”.
“Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo…” (2 Corintios 5:19)
Recibir el perdón en lo personal
Muchas personas cargan con culpa, vergüenza o una sensación constante de “nunca es suficiente”. El evangelio no empieza diciendo “esfuérzate más”, sino “ven”.
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.” (Mateo 11:28)
Un camino sencillo (y realista) para recibir el perdón de Jesús:
Decir la verdad delante de Dios. Sin excusas, sin maquillaje.
Confesar con humildad. Nombrar el pecado por lo que es.
Confiar en la fidelidad de Dios. No en tus promesas, sino en la obra de Cristo.
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar…” (1 Juan 1:9)
Si estás lejos de la fe, este puede ser tu primer paso: hablar con Dios con sinceridad. Si ya crees, este puede ser tu regreso: dejar de esconderte y volver a casa.
Vivir el perdón con otros
Una comunidad cristiana se reconoce, entre muchas cosas, por esto: aprende a perdonar porque ha sido perdonada.
“Perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.” (Efesios 4:32)
Perdonar, en lo cotidiano, suele implicar decisiones concretas:
Soltar el “cobro” interior: esa deuda emocional que seguimos exigiendo (aunque nunca lo digamos).
Renunciar a la venganza (incluso a la venganza “elegante”: el silencio castigo, la ironía, el desprecio).
Buscar el bien del otro cuando sea posible, sin negar la verdad ni la justicia.
Jesús contó una historia donde el perdón se parece a un rey que cancela una deuda impagable (Mateo 18:21–35). La parábola no pretende decir que las heridas “no importan”; muestra cómo la misericordia recibida cambia el tamaño de lo que creemos tener derecho a cobrar.
Perdón, reconciliación y límites sanos
Aquí hace falta mucha claridad:
Perdonar es una decisión de corazón delante de Dios: dejo el derecho a vengarme y entrego la causa al Señor.
Reconciliarse es reconstruir la relación, y eso requiere confianza, verdad, y a veces tiempo.
Confiar se vuelve a construir con frutos visibles, especialmente cuando hubo engaño repetido.
En casos de abuso, manipulación o peligro, el perdón no exige volver a exponerte al daño. Puedes perdonar y, al mismo tiempo, poner límites firmes, pedir ayuda pastoral, buscar consejería profesional y, si corresponde, acudir a las autoridades. La misericordia no está peleada con la sabiduría.
Un camino práctico para esta semana
Si quieres aterrizar esto sin quedarte en ideas, prueba este recorrido:
Ora con el Padre Nuestro: “Perdónanos… como también nosotros perdonamos…” (Mateo 6:12). Léelo lento.
Nombra la herida: ¿qué ocurrió exactamente? ¿qué se rompió en ti?
Identifica la “deuda”: ¿qué estás esperando que la otra persona “te pague” para recién soltar?
Da un paso pequeño, real y medible:
escribir un mensaje sin acusaciones,
tener una conversación con calma,
pedir perdón si tú también fallaste,
o simplemente orar por esa persona (aunque cueste).
Y si hoy no puedes hablar con esa persona, empieza por esto: entrégale el caso a Dios, una y otra vez. Eso también es obediencia.
Una oración breve
Jesús, gracias por perdonarme cuando yo no tenía cómo pagar mi deuda. Enséñame a vivir con un corazón limpio delante de ti. Dame valentía para decir la verdad, humildad para confesar, y gracia para perdonar. Haz de nuestra comunidad un lugar de misericordia, unidad y testimonio de tu amor. Amén.
Una frase para recordar
“Cheap grace is the preaching of forgiveness without requiring repentance…” — Dietrich Bonhoeffer, The Cost of Discipleship
El perdón de Jesús no es una excusa para seguir igual. Es una puerta abierta para volver a Dios… y aprender a vivir como personas nuevas.


